El peor enemigo de una mujer es otra mujer.

Estoy impactada por el caso de #LadyCoralina no entraré en detalles porque en este momento todos sabemos la historia, y estoy sorprendida no por el acto en sí, sino por la difusión que le han dado al hecho, es increíble como un asunto que debió resolverse entre la pareja, pasó de ser un chisme playero a convertirse en trending topic nacional.

Aquí logro ver tres temas de mucha importancia: El primero, el rigor y el poder exagerado de las redes sociales, la velocidad con la que la información puede distribuirse es impresionante, tanto que asusta. En este momento queda claro que todos tenemos el potencial para convertirnos en figura pública en unos cuantos segundos, sobre todo, si hacemos algo que la policía de la moral fácilmente puede señalar. Ahora ya hemos dimensionado por qué las redes deben de manejarse con respeto, seriedad y muchísima inteligencia

Segundo, ¿A qué clase de personas invitas a tu despedida de soltera? Se supone que las invitadas de honor son tus amigas, tu círculo más cercano, mujeres en la que confías plenamente, ellas son las que te acompañan en la hermosa experiencia de decirle adiós a la soltería. Personas que tú quieres y que te quieren. Por lo cual sería improbable pensar que una de ellas podría meterte en una situación tan comprometedora. (favor de leer esta última línea con el mayor tono irónico posible).

La versión farandulera del audio que corre sin control por las redes dice que una “morra” de Obregón” que no era su “amiga” fue la que grabó y distribuyó el material. Si fuera así. Morra de “Obregón” debes saber que hay un lugar en el infierno para ti.  Y para las amigas “reales” de la “novia” ¿es enserio que ninguna de ustedes se dio cuenta que la estaban grabando?, debo decirles, es difícil de creer.

El punto tres, es que no crean que esto es la primera vez que sucede y muy probablemente tampoco sea la última, ha ocurrido desde mucho antes y sigue pasando en despedidas de solteros de hombres y en esas tengan por seguro, no solo se besan, la diferencia es que entre hombres son solidarios, se cubren las espaldas, ni siquiera se le tiene que pedir discreción al amigo, está más que entendida, entre hombres no se destruyen, al contrario, si pueden organizan una mentira en la que todos quepan y en la que todos pueden salir victoriosos.

Apuéstenlo, si esto hubiera sido el caso del novio nunca nos hubiéramos enterado y mucho menos se hubiera convertido en TT.  Pero como le sucedió a la novia los hombres la llaman “puta” y las mujeres refuerzan el apodo compartiendo el vídeo.

Emma hizo lo que hacen la mayoría de los hombres, solo que a ella la evidenciaron. Esto es un conflicto de genero liderado por machos y seguido por muchas.

La joven merecía tener la oportunidad de decidir si cargaría con la infidelidad o si le confesaría a su prometido la travesura. Y lejos de tener esa opción fue expuesta lastimosamente de forma pública, consumida por las redes sociales y devorada por lenguas moralistas.

A esas lenguas moralistas solo me resta decirles: El que esté libre de pecado que tire la primera piedra.

¡Vamos a equivocarnos!

Se vale y no pasa nada. El problema de los errores es que satanizan, dejan un estigma en la frente, cuelgan un letrero luminoso en el pecho, que aparenta hacer la invitación para ser señalados por el dedo índice de aquellos, que se sienten con autoridad moral para criticar una conducta que “no está bien vista”.

¿No es bien vista por quién? En este punto solo hay dos opciones, puedes ser cuestionado por gente cercana a ti, o por aquellos que ni el nombre les conoces.  Digamos que los primeros tienen un poco más de permiso, son personas que pueden ser familiares o amigos cercanos, puede que alguno de ellos te haya demostrado  afecto o cariño, y de ahí se deriva y hasta cierto punto se justifica  su preocupación por el rumbo de tu vida.

¿Pero qué hay de la gente desconocida? ¿Qué hay del colectivo comidilla? ¿Por qué darle  un espacio en la nebulosa emocional a quienes lo único que saben de ti es el “error” que cometiste?

Y entrecomillo error,  porque lo que para alguien es una falta, para otros puede representar la posibilidad de descubrir la vida misma.  Pensar que algo es bueno o malo, depende de las concepciones que tengas,  tus ideas más arraigadas obedecen a creencias ancestrales, a la formación infantil, y a todo el material de consumo. Esto en conjunto está insertado en el cerebro como chip generador de ideas y detonador de acciones.

Lo que tú piensas, rige tu mundo, solo el tuyo, no puedes imponerte ideológicamente ante nadie. Porque cada chip es un mundo, y en ese mundo todo es correcto e incorrecto. Todo es de acuerdo a tus propios conceptos.

Aquí el único equilibrio que no se debe perder, es pensar en los daños colaterales que a veces esas ideas pueden desencadenar, sobre todo cuando involucra a personitas que amas. porque ese puede ser motivo suficiente para limitarte, para renunciar a cualquier deseo.

¿Habrá una manera de reducir ese impacto?

Creo que hablando civilizadamente, exponiendo los puntos de forma madura e inteligente, haciendo un informe detallado sobre el sentir y palpitar real de las cosas. Sin invitar al ego a la conversación.  De tal forma que con mucho tacto construyas un ambiente propicio para acuerdos armoniosos e interacciones sanas que vayan de la mano de hechos congruentes.

Sé que suena a mucho esfuerzo, pero ser valiente y defender lo tuyo es el precio que se paga por la libertad de ser uno mismo.

 

“Las mujeres que se portan `bien´ no hacen historia”. Laurel Tatcher Ulrich.

¡Los guapos ya pasaron de moda!

Cuando estaba en la secundaria aspiraba a que el niño de ojos verdes y sonrisa angelical volteara a verme, siempre hice mil malabares por llamar su atención. Me doblaba la falda del uniforme, me ponía brillito en los labios, (aunque esto implicara un viaje directo a prefectura). Me pintaba las uñas y las escondía la mayor parte del tiempo para no ser descubierta por alguna maestra, pero en cuanto él podía verlas, las exponía sin temor alguno.

Todo el tiempo estaba esmerándome por ser atractiva a sus ojos, por ser candidata a que me llamara “novia”. Pero nunca lo conseguí.

En la preparatoria, ya no iba tras los ojos verdes, ahora mi hipófisis y mis pupilas exigían deleitarse con cuerpos definidos, músculos tonificados, bronceados de playa y no citadinos. Sí, mi fijación por la armonía visual en esos tiempos se fue incrementando de forma desmedida. Ya no era suficiente que mis compañeros pertenecieran al género masculino, tenían que hacerlo valer.

En la Universidad la cosa no cambió mucho. Mis exigencias seguían, pero fueron más sutiles porque estuve rodeada de una diversidad tremenda. Delgados, robustos, sonrisas encantadoras, barbas divinas, manos esculpidas, un increíble buffet de caballeros.  En ese momento lo difícil no era tener pareja, lo complicado era seleccionar una característica o atributo que gustara más que otro.

Y así pasé mucho, mucho tiempo, dejándome seducir por lo varonil que lucían los machos usando  lentes de aviador “Ray-Ban”,  guiándome por lo cautivador que suelen ser los brazos grandes y torneados, inclinándome por las cejas gruesas y definidas, y eligiendo siempre y por sobre todas las cosas pieles morenas.

Todos estos requerimientos físicos caducaron hace unas semanas cuando hice un descubrimiento: “A cierta edad uno ya no se impresiona con grande cuerpos, si no con grandes almas” (Jorge Muñoz).

Y eso no quiere decir que me moleste ver a un hombre guapo, en lo absoluto. De hecho me siguen encantando, pero ya no es un filtro para dejar que alguien se acerque, ahora las jerarquías se han invertido. En esta etapa de mi vida y asociado a la revolución social y emocional que estamos viviendo, creo firmemente que la mujer moderna, sin problemas antepone la caballerosidad sobre la belleza física.

La inteligencia del corazón me ha hecho entender que es más importante, el trato, la cordialidad que un buen corte de cabello, ha afianzado la idea que prefiero la amabilidad y la sinceridad, que unos bíceps de campeonato, ha reforzado el valor de la cultura del esfuerzo, del trabajo rudo, ese, el que convierte a los niños en hombres.

He comprendido que mis pretensiones han evolucionado y ahora tienen que ver con carácter, voluntad y determinación. Y atrás, muy atrás han quedado las demandas corporales.

A los 26 años todo es más claro, los galanes fantoches podrán acaparar miradas, provocar suspiros, pero en definitiva ya no roban corazones, porque los guapos, los guapos ya pasaron de moda.

Hablando de la Pamplonada.

 

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En 2015 a un día de que finalizara el festival, no había forma humana de llegar a la promesa de diversión internacional que ofrece España en el verano: Pamplona.

El transporte de Madrid a Pamplona estaba saturado, las habitaciones agotadas, los ánimos danzaban entre el límite de la aventura y la rendición, pero el clima complaciente y el espíritu joven nos exigían que buscáramos otra alternativa.

Éramos 20 entusiastas personitas con unas ansias locas de comerse Europa, de saciarnos de experiencias, de olores nuevos, pero por sobre todo de sabores. La primera cucharada para ello, era formar parte del tan famoso “San Fermín”, bañarnos en vino tinto, ver la corrida de toros, hacer pic nic a las afueras de la central de autobuses y, comer hasta empacharnos de carnes frías era prácticamente una orden.

Hubiera sido imperdonable estar tan cerca de esa manifestación cultural y no haber hecho un esfuerzo extra por llegar hasta ahí. Y vaya que lo hicimos.

La líder del grupo, como buena mexicana dio a notar sus dotes de convencimiento y persuasión y mágicamente consiguió transporte redondo para todo el grupo.

-“Oigan grupo”: Tengo transporte para todos, ida y vuelta. La única mala noticia es que no hay donde quedarnos en Pamplona, ¿Se animan a irnos así?

Un silencio invadió el ambiente por unos segundos, hasta que a manera de chascarrillo burlón un compañero ecuatoriano dijo: Como dicen los mexicanos, chingue su madre. ¡Vámonos!

Estalló una carcajada grupal, la cual afirmaba que todos estábamos dispuestos a irnos con el puro transporte y que la estancia ya sería tarea de Dios. Todos corrimos a nuestras habitaciones a empacar unas cuantas provisiones y un cambio de ropa. (Estábamos hospedados en un colegio, luego les cuento esa historia).

La advertencia era clara, pero la euforia era mayor. Todo indicaba que no íbamos a dormir, pero también todo señalaba que nos íbamos a divertir como nunca. Y sí efectivamente, tuvimos 16 horas de alboroto puro. Entre un increíble espectáculo de fuegos artificiales,  una merienda recreativa con música electrónica de fondo, y cientos de litros de vino tinto todo comenzó a cobrar forma.

Nos perdíamos y nos volvíamos a encontrar, eran 23, 55 km cuadrados de fiesta, de locura, de música local y comida excéntrica, era fácil maravillarse, lo difícil era dejar a un lado el cansancio que ya a inicios de la madrugada comenzaba a asomarse.

Bailamos como si no hubiera mañana con los compañeros, con extranjeros y con locales, comimos sin miedo comida española y comida árabe, nos impregnamos del  olor a vino, a césped y tierra. Nuestra ropa blanca terminó morada, sufrimos filas interminables para mitigar las necesidades fisiológicas, y lo más impactante dormimos en un parque, así, tal cual, como indigentes.

Pero todo valió la pena, cuando después de cuatro horas sentada en una banca de madera escuché una especie de “balazo”, sonido que anunciaba la tan esperada corrida de toros, y ahí estaban, gordos, furiosos y elegantes.  Haciendo un tributo al reino animal, haciendo valer los años de tradición y cultura que reflejaban al correr por esos callejones empedrados, aún húmedos por el vino.

Eran demasiados elementos visuales los que acuerpaban ese suceso, la panorámica que captaban mis ojos en ese momento era indescriptible, pero la fotografía que se guardó en mi corazón lo es aún más.

¡Qué viva Pamplona! ¡Qué viva San Fermín!

Una vez en el AICM

La terminal  2 del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México fue testigo de mi enamoramiento número 3876. La señorita esperaba con ansias el anuncio para el vuelo con destino a Madrid, España.  Y en ese lapsus brutus, mis ojos tropezaron con dos metros de belleza pura.

Bronceado perfecto, su musculatura se traslucía elegantemente a través de una playera blanca, y ni que decir de su dentadura de revista, de sus coquetos ojos café y de un cabello digno de un modelo de Calvin Klein.

Ante tanta majestuosidad no sabía si debía ser un poco atrevida y presentarme sola, mostrando lo audaz y revolucionaria que puede ser una mujer joven, mexicana,  y encima sonorense.  O bien, sacar la introvertida que llevo muy, muy adentro y solo verlo pasar. Así, como pasan las cosas que no tienen mucho sentido.

Lo pensé bastante, para ser exactos cuarenta y cinco segundos. El tiempo suficiente para saber que hay cosas que pasan solo una vez en la vida.

Me levanté del asiento y me dirigí hacia él con una confianza hasta ese momento desconocida por mí. Le sonreí y le dije:

-Hola, ¿A dónde vuelas?

-Hola, a Madrid. (Me dijo con el tono más sensual que había escuchado en mi vida).

En ese momento supe que iniciaba una historia romántica, porque justo entonces anunciaban la demora de nuestro vuelo. Nos miramos a los ojos fijamente, nos reímos.

Levantó una ceja de forma picara y con un ademan muy caballeroso me dijo:

-Creo que debemos ir por un café…

La maldición de la perla negra.

La maldición de la perla negra.

Literal, ella es una perla negra y está maldita. Nadie nunca lo sospecharía, pues ella es la perfecta representación de la mujer moderna; inteligente, emprendedora y sobre todo fuerte, muy fuerte.

La perla negra es maestra de inglés y catedrática de los músculos, ella de forma pícara y natural además de moldear cuerpos, cambia vidas. Y qué manera de hacerlas girar, Lupita, (su verdadero nombre) ha tenido en su vida una larga lista de hombres, unos más interesados que interesantes, pero al final todos ellos han formado parte de lo que yo llamo “la maldición de la perla negra”.

Lupita tiene la habilidad nata, (lo sé porque la conozco desde la primaria) de seducir a cualquier integrante del género masculino con una facilidad asombrosa, a tal grado que pone a temblar a las cucufatas y liberales de la ciudad de las tunas y puntos circunvecinos.

La contrariedad que envuelve a esta situación es que a pesar de que ella puede fascinar a más de uno, ellos por alguna extraña y misteriosa razón, aunque estén encantados con sus atributos, no permanecen.

No sé si es brujería o alguna especie de deuda kármica pero la perla negra, siempre termina viendo a su “ex inmediato anterior” entablando un compromiso con la que le sigue a ella. Y cuando digo compromiso, me refiero al circo, maroma, anillo y champagne.

Yo sigo buscando una explicación y creo que aunque lo niegue, Lupita también la busca. La pregunta de investigación es: ¿Por qué formalizan con la que sigue y no con ella? Es importante señalar que los sujetos que se incluyen en la maldición son más de cinco.

Dicen que las casualidades no existen, pero repetir tantas veces el mismo patrón, a mí la verdad me hace mucho ruido, me desconcierta y hasta me hace desconfiar del trabajo de Eros.

Al final, siendo honestos, no importa cuántos caballeros (si se les puede llamar así) han conformado “la maldición”, lo realmente trascendental son todas las emociones que impregnan y rebotan en Lupita, en la perla negra, en la teacher, en la coach, o como le quieran llamar.

Ella es tanto, que tiene que entender que hay hombres que no están preparados para manejar la grandeza, la gloria no está hecha para todos, y sobre todo tiene que comprender que el amor es algo que está más allá de la suerte, el tiempo y la circunstancia.

El amor es cosa del destino, no de una maldición. Pero por si acaso, vámonos a Catemaco en el verano.

El departamento azul.

El departamento azul:

En el 2010 el tercer piso de un inmueble ubicado en una céntrica colonia de la capital del estado, era testigo de las locuras de una estudiante universitaria foránea,  era el espectador de los días de esfuerzo, desvelo y estudio, y a veces también, el cómplice de romances y noches infinitas.

El edificio era una estructura moderna y minimalista, eran 10 departamentos delicada e inteligentemente distribuidos en un espacio amplio y seguro, el mío se encontraba en  el tercer nivel, cosa que no podía ser mejor. Tenía una ventana que cada mañana me regalaba una panorámica espectacular de la ciudad del sol.

Una imagen tan fascinante que te hacía cargar pila para afrontar lo que sea,  desde una tesis,  hasta una mala jefa, o un corazón roto.  Era un lugar mágico, un santuario decorado con suvenires cubanos, con un árbol seco, grande, del que colgaban fotografías de familiares especiales, con un sillón verde estratégicamente acomodado y acompañado de unos cojines de colores ácidos, pero eso sí, muy  afelpaditos, y con una iluminación artificial media, tan romántica que parecía otoño cada día del verano.

Eran 32 metros cuadrados de ilusión pura, suficientes para mí, y para el homenaje que le rendía al amor en cada habitación. Sobre todo en la recamara, que era una especie de nicho poético, porque ahí podía perderme horas jugando con literatura e intentado escribir cartas de amor a mis múltiples novios imaginarios.

El olor era peculiar, porque era una fusión entre el perfume del fin de semana y la comida congelada que guardaba con recelo en el refrigerador, esa que cariñosamente enviaba mamá cada que podía.

Las ganas de comerse al mundo siempre estaban presentes, aunque a veces estas se tambaleaban por las dudas del mundo: La crisis, la tarea, la familia lejos, el trabajo, el desamor. Siempre volvían a equilibrarse cuando los amigos invadían “el departamento azul”.  Cuando llegaban sorpresivamente y decían por el interfón: ábrenos, estamos abajo, ¿vamos por unos tragos? Y así, en automático todo volvía a normalizarse.

A parte de éxitos académicos y celebraciones improvisadas, también hubo muchos besos, unos inofensivos y otros tan turbulentos que todavía me acuerdo ellos, unos pertenecieron a las dos personitas que yo apodé “el amor de mi vida” y que tiempo  después me arrepentí de llamarlos así. Y de los otros, creo que es preferible no  acordarse.

Ahí recibí muchas flores, curiosamente siempre mis favoritas: Rosas, lilis y gerberas, y aunque vaya en contra de las leyes del feng shui algunas de ellas aún las conservo,  claro,  ahora son solo pétalos secos guardados en un pequeño baúl de madera, creo que después de esta confesión, debo ir pensando seriamente en exorcizar esa manía por coleccionar recuerdos, porque la verdad ya no conducen a nada.

Es importante reconocer que en “el departamento azul”, así como hubo tropiezos brutos y caídas espeluznantes también tuve muchos despegues, ascensos increíbles que me permitieron conocer y entender mis reales necesidades, con todo este engranaje en movimiento comprendí que la conexión espiritual más importante que hay en la vida, es la conexión conmigo misma.

Ese lugar guarda muchas historias, propias y ajenas, tanto así que nunca podría terminar de contarlas, lo único que sí puedo asegurarles es que vivir sola en “el departamento azul” fue la oportunidad de descubrir que hacer pininos con la libertad y la independencia, es uno de los placeres más bonitos.